jueves, 9 de septiembre de 2010

Días de vino, días de rosas


LA HISTORIA DE UNA FOTOGRAFIA DEL ‘69

Juan Carlos Pumilla

En mayo de 1969, en plena efervescencia popular que desembocaría en el Cordobazo, estudiantes de Santa Rosa marcharon por el centro. En esos días, un monumento público fue marcado con leyendas de repudio a la represión. El escritor Juan Carlos Pumilla, uno de los autores, rescata el hecho militante y la fotografía que rememora la afrenta.

Aquellas jornadas, en que promediaba 1969, estaban atravesadas por una argamasa de incertidumbres, vacilaciones y certezas; extraña conjunción para el final de una década que iba en camino de transformarse en emblema.
Sus protagonistas, claro, lo ignoraban, ensimismados en sus imperativos. Hacia el Norte, donde América insinúa sus constricciones, rompía el llanto por las indignidades en la plaza de Tlatelolco. Esas lágrimas no tardarían en bifurcarse en los meandros de Huê. En tanto, en la encrucijada de las doce avenidas de París, una rosa roja se dilataba en mil quimeras.
En estos territorios de desvelo la insurrección inauguraba su edad de piedra desde el Barrio Clínicas. "En Córdoba el aldabón y en Rosario la campana". En Corrientes, la muerte obedecía a sus pulsiones y cobraba los primeros salarios de un porvenir púrpura.
Flameaban las banderas y era por la térmica del tiempo.
En Santa Rosa -ya lo dicen las "Crónicas del Fuego"- repicaban las alarmas porque había memoria de Conintes y Valleses.
Marchas de silencio contra bastones largos.
Ahora, a la distancia, cobra certeza la humildad de la respuesta. Aprendizajes lentos pese a las alertas de la partera de la historia.
Una de esas noches de mayo de 1969 un grupo de jóvenes diseñó un ademán ético. Ni el más arriesgado ni el más trascendente. Apenas un efímero gesto de rebeldía ante las grandes ofensas.
Con tanta obstinación como desprolijidad orientaron sus pasos hacia el mástil, que enfrentado a la puerta de la Municipalidad, para dejar expresada su bronca.
Leonardo, Enrique, Juan y el apoyo adolescente de Inés y Raquel. Con sigilo se acercaron al lugar portando sendas latas de pintura roja y negra.

La frase
Enardecidos, al borde del coraje, imprimieron la leyenda "asesinos" en grandes caracteres.
Hicieron algo más, seguramente por ignorancia antes que por menosprecio a los desvelos de Vucetich: estamparon sus palmas con pintura roja componiendo un fresco del pensamiento de buena parte de la sociedad insolentada.
Enrique, que años más tarde perdería su mano en una broca petrolera del sur, garrapateó la denuncia con "C", lo que obligó a una corrección de urgencia y la inquietud del agente de facción apostado en el Banco de la Nación cuyos bostezos fueron sorprendidos por la faena y no atinó, o no quiso, emprender más acción que la de observador de la huida de los jóvenes.
Más tarde el vigilante cerraría sus ojos ante el fogonazo del flash de Pablo que debutaría como reportero gráfico con la primicia de la primera pintada de la década en uno de los sitios más conspicuos de la ciudad._
La fotografía nunca llegó a publicarse y ello originó que, de su producción, fuera la menos trascendida. Empero en su momento, le deparó a su autor efusividades y respeto en todas las la redacciones.

¿Hace falta presentar a Pablo?
Lo sorprendimos hace unos días pisando uvas para obtener treinta litros de cabernet con los que, aseguró, bendecir a sus amigos.
Exultante, en parte por su homenaje a Baco en esa elaboración ancestral como por la edición de su primer libro de cuentos cuya prueba de imprenta había conocido horas antes gracias a la diligencia de Ángel Aimetta.

Oportuno y militante
Pablo, el que enriquece cofradías. Aquella vez, cuando la policía acudió irritada e imperativa a su estudio de Foto Amaika, para interrogarlo acerca de lo acontecido en el pedestal del mástil, atribuyó a su buena estrella el haber obtenido un registro tan oportuno de la audaz acción.
Porque de esas cosas se nutre el periodismo: empeño y buena suerte.
Nunca más se habló de ello porque lo que sobrevino fue tan vertiginoso como violento.
Esta semana, en la celebración de esa eucaristía plebeya y pagana de gringo y mosto, brotó a la memoria el episodio de aquel grito germinal contra los asesinos y el ejercicio estimuló la redacción de estas líneas.
Probablemente sólo hagan justicia a una articulación principista y mínima. Una honra al periodismo oportuno y comprometido tanto como a una caligrafía tan incierta como noble.
O eventualmente despierten, en la memoria de aquellos policías desconcertados y ofendidos de arrabales del 69, los pormenores de un episodio dormido cuya falta de resolución acaso los haya mortificado.
¿Reprimendas o arrestos? Los fracasos se solventaban al contado en ese período en que la fuerza confirmaba su vocación por una práctica que luego institucionalizaría: la policía política.
Si así fuera, reconfortará nuestros espíritus apuntarles que ha sido recuperada la evidencia gráfica de su frustración.
Ahí está la fotografía.
Y otra cosa: no hubo providencia. Pablo De Pian era el otro miembro del grupo.

(Publicado en Caldenia)

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